Índice de contenidos

 

1- El fútbol mexicano al final de una época. (Héctor Zavala).

2- Ser o no Ser... ahí está el detalle: El fútbol y la cultura popular en la ciudad de México. (Héctor Zavala).

 

 

 

1- El fútbol mexicano al final de una época

 

 

Hector Zavala
hezavala@shcp.gob.mx


Licenciado en Economía.

"Porque los hombres somos, de hecho, siervos de nuestras creaciones."


Joseph Conrad


La transición de un siglo a otro ha suscitado un reiterado intento de individuos y grupos sociales por hacer recuentos y balances; todo mundo quiere conocer si los avances de la humanidad fueron más significativos que los retrocesos y tratar de identificar la esencia del siglo que culmina. Algunos escritores y ensayistas emprenden esas reflexiones en muchas de las facetas de la vida cultural y del pensamiento humano, así como de los aspectos políticos y sociales.


Luis Villoro1 menciona diversos aspectos que caracterizan a esta transición como un cambio de época y señala algunos elementos que permiten suponer la crisis de la modernidad, iniciada en el renacimiento y continuada en la Ilustración y los siglos siguientes hasta el actual. Dicha crisis afecta a las ideas de sujeto y razón, que caracterizan a la época moderna. Se cuestiona cada vez más, a la idea del progreso indefinido y la evolución tecnológica por la depredación ecológica que propiciaron; asimismo se ha testimoniado el derrumbe de la idea de transformar la sociedad mediante la planificación racional, que inhibe al ciudadano y lo sujeta a burocracias tecnocráticas.


El autor señala que “el desencanto de la modernidad aparece en las sociedades desarrolladas, que lograron un nivel de industrialización, tecnificación y productividad gracias a ese proceso”. Respecto a países como el nuestro, precisa que “entran en la modernidad justamente cuando los otros empiezan a no creer en ella”; este desfase ofrece ventajas para renovar el concepto de la modernidad conforme a una nueva época y sin asumir los costos ya conocidos.


En la cultura popular el balompié tiene una muy especial relevancia, por ello no es ajeno a ese fenómeno de búsqueda de certidumbre y de futuro. Es preciso analizar los cambios en la estructura del fútbol nacional, pero también a la luz de lo que sucede en nuestro entorno geográfico. Se debe tener presente que el fútbol es el deporte más popular en México. Es una pasión que lo mismo hace imaginar, que adquiere matices de dramatismo y a menudo de desencanto, sin olvidar que tiene un arraigo que rebasa al presente siglo, en el transcurso del cual también ha evolucionado.

Lo que el viento se llevó

A México, al igual que muchos de los países que son intensamente futboleros como Alemania, España, Argentina, Brasil, el arribo del fútbol se dio en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX, coincidiendo con la gran expansión del comercio y las inversiones del Imperio Británico. Por otra parte, es muy curioso que Estados Unidos el antecedente más lejano de la práctica de algo semejante al fútbol se remonta a los inicios del siglo pasado, mucho antes que en los países del sur; algún estudioso lo señala como otro aspecto del excepcionalismo norteamericano2 . Empero, hacia finales de 1869 se llevó a cabo el que se ha considerado el primer juego intercolegial de fútbol entre la Universidad de Rutgers y la de Princeton, que albergaban a los estudiantes de elite más receptivos de las costumbres británicas. Cabe recordar que al otro lado del océano, por esa época, en la Gran Bretaña se definían las reglas para el fútbol y se diferenciaba del rugby.


Lo excepcional consiste en que no obstante el arraigo de la práctica del balompié entre algunos grupos de norteamericanos, el fútbol no se difundió ni se desarrolló como práctica nacional, tal como sucedió en la mayor parte del mundo. Algunos autores3 han analizado las causas que llevaron a los universitarios norteamericanos de aquellos años a preferir el rugby, aún más a modificarlo, para hacerlo congruente con las preferencias de los jóvenes de ese tiempo y crear al fútbol americano. Así, este deporte nace como una intención más de crear un estilo de vida propio. En ello se agrega al béisbol y al basketbol.


En norteamérica el fútbol asociación se circunscribió a algunas regiones y como práctica característica de algunas comunidades, por lo que algunos medios le atribuyeron una cierta identidad étnica. En realidad se abrió un gran paréntesis en el desarrollo del fútbol de ese país. Su organización persistió en el nivel de aficionados y en ligas regionales. En el transcurso del presente siglo se realizan varios intentos para crear una liga de primera división, pero sin mucho éxito. No es sino hasta los años noventa que se vuelve a crear una liga profesional. Como en las experiencias anteriores, los conjuntos se integran con un buen número de jugadores extranjeros, pero asimismo, ya se incorpora a un grupo creciente de jóvenes preparados en las canchas de las universidades de ese país.


A diferencia de las experiencias mencionadas, la liga actual de fútbol en Estados Unidos se organizó integralmente para manejar todos los aspectos relacionados, incluidos los contratos con las televisoras y se establecieron mecanismos para favorecer el desarrollo a futuro de ese deporte. La generación de recursos humanos calificados para el fútbol recibirá el tratamiento que corresponde a su importancia; con ese fin se posibilitará el financiamiento de instalaciones para preparar a los jóvenes que consoliden la base de sustentación del fútbol en ese país. Al parecer los Estados Unidos han decidido ocupar un lugar entre las naciones que viven la pasión del fútbol, el deporte verdaderamente de alcance mundial.

Que verde era mi valle

En el ámbito nacional la historia futbolera es larga y llena de vicisitudes. Subsiste una gran interrogante: ¿realmente dónde estamos? Ha transcurrido ya un siglo de fútbol en nuestro país. Los testimonios en sepia de las hazañas realizadas por los pioneros de los equipos como el España, Asturias, Atlante, Necaxa, América, enriquecen el anecdotario y dan cuerpo a la historia del fútbol de nuestro país. La llegada del profesionalismo en los cuarenta y la incorporación de equipos como el Veracruz, León, Irapuato, Monterrey y especialmente los de Jalisco como el Guadalajara, el Atlas y el Oro, le dieron a la competición un verdadero carácter nacional.


En las primeras décadas del siglo la rivalidad entre los equipos identificados con la colonia española y los de esencia más popular, alimentó la épica de las canchas y constituyó al fútbol en un elemento más del imaginario de lo esencialmente mexicano. Posteriormente, en los cincuenta, la confrontación futbolística fue entre los equipos de la capital y los de provincia, especialmente los de Jalisco, Para entonces ya empezaba a sobresalir el Guadalajara, que llegaba al umbral de la mitología futbolera nacional. Ese conjunto con un fútbol de toque elegante y eficaz, habría de recrear las hazañas de aquél equipo de los Once Hermanos, que décadas atrás, integrado con varios jugadores jalisciences y con la camiseta del Necaxa, desplegara la esencia del fútbol de carácter nacional en aquellos viejos estadios de madera.


El fútbol mexicano ha cambiado al paso de los años. La organización indecisa del amateurismo evolucionó hasta la actual corporativización; pasando por el periodo del mecenazgo, caracterizado por una estabilidad financiera y organizativa endeble en los equipos. Las tácticas de juego también muestran cambios sustantivos, ya que de un enfoque esencialmente ofensivo, en la actualidad se cuida mucho el aspecto defensivo, aunque con una pretensión de hacer un fútbol más multifuncional. La vinculación de la televisión y las telecomunicaciones al fútbol marcó uno de los aspectos de cambio más relevantes para convertirlo en espectáculo de masas y posibilitar su aparición en el ámbito mundial. Asimismo, el espectáculo futbolístico aumentó su importancia económica.


El cambio en el fútbol nacional se acompaña de un constante renacer de las alegrías e ilusiones, pero también de intensas decepciones, en el sentir de sus aficionados. Después de un siglo de victorias y derrotas en nuestro fútbol, para que alcance el nivel de potencia mundial hay todavía asignaturas pendientes. Los resultados cuantitativos de los equipos más destacados, en el periodo 1924-1996, reflejan una paradójica modernización con menor eficiencia de nuestro fútbol4 . De un máximo de 84.8% de eficiencia promedio en el periodo 1924-1930, nuestro fútbol organizado se ubica en un promedio de 68.3% de eficiencia en el primer lustro de la presente década.


Las razones de esa menor eficiencia en nuestro balompié se encuentran en la estructura misma de la organización y en los esquemas tácticos que han desarrollado los entrenadores. Especialmente importante ha sido la inexistencia, en los equipos mexicanos, de la organización que les posibilite la formación de recursos humanos, en la cantidad y dotados de la calidad que requiere un fútbol que debe salir a competir a canchas internacionales en todos los niveles. Ello además, encarece a los jugadores de calidad y estimula la importación de equiperos extranjeros para ocupar puestos importantes en los equipos.


La estructura de los torneos mexicanos, adoptada desde los setenta, divididos en grupos y con una fase de calificación y otra liguilla final, propicia la práctica de un fútbol mediocre, así como la irregularidad en los equipos. Por si fuera poco, en épocas recientes se ha dificultado aún más la posibilidad de planear el desarrollo futuro del fútbol, debido a la injerencia de intereses comerciales muy poderosos, los cuales no necesariamente coinciden con los del deporte.

¿El ómnibus perdido?

En este fin de siglo, en el que las sociedades han quedado unidas por las comunicaciones y la perspectiva de todas las actividades se confronta con el ámbito internacional, el fútbol no podía ser menos. Los cambios en las bases económicas y de organización del fútbol mexicano y en el mundial, obligan a los interesados, dirigentes, medios y aficionados, a reflexionar con amplitud de criterio para vislumbrar las perspectivas del fútbol mexicano para convertirse en un protagonista en el ámbito mundial. Un siglo de historia otorga la oportunidad de conocer las debilidades estructurales por resolver con cara hacia el futuro, así como las posibilidades.


En nuestro mismo ámbito geográfico y por ello muy relevante, Estados Unidos se embarca en la búsqueda del tiempo perdido. Ese país emprende un proyecto futbolístico propio con la mirada puesta en un futuro cercano, podrá aprovechar los avances técnicos y seleccionar los que convenga adoptar.


La pugna con los vecinos del norte por la supremacía en la zona norte y centroamericana promete intensificarse aún más. Los norteamericanos sienten que las distancias entre nuestro fútbol y el suyo, ya no son significativas. Se consideran capaces de desplazar al balompié nacional y en ese sentido orientan sus esfuerzos. El desafío esta planteado. La respuesta de nuestro fútbol al mismo, deberá surgir de un impulso al crecimiento, en el cual no se le voltee la espalda a la historia, a fin de alcanzar la madurez, esa eterna fugitiva. Ese sería un gran fin de época para nuestro fútbol y para la afición mexicana.

Notas:

1. Luis Villoro. Filosofía para un fin de época. En Sociedad, ciencia y cultura. Cal y Arena. México, 1995.
2. Ivan Waddington y Martín Roderick. American Excepcionalism: Soccer and American Football. Centre for Research into Sport and Society. University of Leicester.
3. Riesman y R. Denney. Football in América: a Study in Cultural Diffusion. American Qarterly, no. 4. 1951.
4. Héctor Zavala. Modernidad sin eficiencia: el fútbol nacional. Revista La Casa del Tiempo. Universidad Autónoma Metropolitana. Vol. XIV. No. 67, septiembre 1997.
5. Fernando Marcos. Mi amante el fútbol. Ed. Grijalbo. México 1982.
6. Fernando Mejía Barquera. Televisión y deporte, en Apuntes para una historia de la televisión mexicana. Vol. II, coed. Espacio 99 y Rev. Mexicana de comunicación. México, 1999.an Waddington y Martín Roderick. American Excepcionalism: Soccer and American Football. Centre for Research into Sport and Society. University of Leicester.

 

2- Ser o no Ser... ahí está el detalle: El fútbol y la cultura popular en la ciudad de México.

 

 

Héctor Zavala Rivas
hezavala@shcp.gob.mx

Tibia ciudad ornada de amapolas
papel de china y cohetes y pistolas,
en otro tiempo que al presente inmolas.
A este presente en que los nuevos ricos
llenan la calle de apetitos chicos...

Renato Leduc

...es una raya
en el agua
nuestra existencia.

Elías Nandino

Creo que algún día tenía que preguntármelo, hacer una reflexión sin apasionamiento: ¿Qué es y ha sido el fútbol para mí? Ello, porque como dice la canción, junto con otros símbolos y rasgos “heredamos hasta el equipo de fútbol” 1. Sin duda, habrá quienes con plenitud de razones y argumentos, descalifiquen o simplemente ignoren estas ideas. Siempre habrá cosas más importantes. Como señala el historiador Luis González y González, “los juegos de pies y músculos agrupados bajo el rótulo de deportes” 2, son un vacío en la investigación histórica. El análisis del fútbol como parte de la sociedad mexicana casi no existe y, cuando ocasionalmente se ha efectuado, es muy pobre.


Un rito, una religión (con millones de oficiantes) o, simplemente un juego. Esas son expresiones elegantes que nos dejan traslucir algunas posibilidades de enfocar el análisis del significado del fútbol, en nuestro ámbito. Resulta de lo más interesante tratar de saber qué es lo que anima a millones de broncíneos y sudorosos llaneros, enfundados en camisetas multicolores, a trajinar durante las mañanas sabatinas o dominicales en las terrosas canchas de muchos rincones de nuestro país. Los fines de semana y los días festivos esas canchas, en muchas ocasiones con surcos que revelan su pasado reciente, son los escenarios de los intentos de jugadas épicas o de habilidad preciosista de los aguerridos llaneros. Entrega y esfuerzo se riega en esos campos. Los estrellas de fin de semana lo intentan todo y todo lo dan, aun a costa de fracturas y lesiones, que a menudo los llevan a saturar los sábados y domingos de los hospitales públicos.


Estas reflexiones pretenden caracterizar el papel que el fútbol ha jugado en la cultura popular de las plazas y barrios urbanos y suburbanos de la ciudad de México. Para no profundizar en el análisis del concepto de cultura popular, retomo lo que dicen Rowe y Schelling: “no se limita a una visión particular del mundo, sino que crea una serie de espacios en que se forman sujetos populares como entes con subjetividades propias, diferentes a los miembros de los grupos dominantes” 3. Esta interpretación me parece que es congruente con la característica multicultural de una sociedad como la nuestra.


El concepto de cultura popular debe reconocer que las costumbres viejas cambian; además, que lo “moderno también puede volverse tradición. La modernidad no necesariamente conlleva la eliminación de tradiciones y recuerdos premodernos, sino que surge de ellos, transformándolos en el proceso” 4.


Por tanto, en nuestra realidad “las culturas populares existentes llevan una relación de interpenetración con la cultura de masas, con ello incorporan a un mercado cultural unificado, formas de tradición popular en proceso de masificación” 5. Como ejemplo de lo anterior se menciona al cine y por nuestra parte, agregaríamos al fútbol.


Debo señalar que por haber militado entre los que han experimentado la sensación de júbilo al entrar en balón en la portería rival o bien, sentir el pasto de la cancha bajo los zapatos y cómo responde el balón al toque del empeine, o quizá el orgullo de ser un triunfador al escuchar el silbatazo final, me atrevo a intentar el análisis de algunas situaciones que han permanecido en mi memoria. Como un sencillo ritual, cada fin de semana en cualquier zona de la Ciudad de México alguien prepara el uniforme, sus zapatos, pero sobre todo, la voluntad y el ánimo de disfrutar el juego. Esos alguien se disponen a vivir otra realidad específica y, como dice Juan Nuño, a enfrentar la tensión que se origina en la entrega física y mental al juego, y la otra que se desgrana minuto a minuto en el tiempo del partido 6. Un divertimiento, un pasatiempo, un desahogo. Todas son ideas que se han formado en torno a ese juego; creo que son simples y que si vemos un poco más adentro de nuestros núcleos sociales, el fútbol tiene un significado relevante.

1. El rey del barrio

Como en toda la América Latina, el fútbol arribó a México con la modernidad y las inversiones extranjeras en la industria textil y la minería, características de un capitalismo en expansión. Hasta la primera década del siglo XX “ fue un deporte reservado a la elite que se jugaba en canchas impecables” 7; los aficionados, imbuidos del espíritu modernista adorador del cuerpo, el ejercicio y la salud, lo practicaban como parte de sus actividades sociales, mientras sus damas y amigos lo disfrutaban desde los balcones de los clubes más elegantes de la ciudad de México. Como producto del impulso a los sports entre la elite, Everaert señala refiriéndose a esos clubes “Tal vez la principal (consecuencia de estas agrupaciones) habrá sido la introducción de los deportes a nivel nacional”.


Entre el polo, skating y otros, destacó especialmente el soccer, llamado así por los integrantes extranjeros de los primeros equipos; estos iniciaron los torneos de fútbol en la zona minera de Pachuca y Orizaba de esencia textil, en los primeros años de 1900. Aunque lo más probable es que la práctica del fútbol se hubiese iniciado años antes, entre los técnicos y empleados ingleses, escoceses y franceses de las compañías, y en forma poco organizada.


El proceso de integración de la práctica del fútbol a las costumbres locales se inició unos pocos años después del estallido revolucionario en nuestro país. La práctica del fútbol crece al mismo tiempo que la idea de nacionalidad en México, y al igual que esta idea, tomó fuerza en las décadas de los años treinta y cuarenta, en las comunidades rurales o pueblos de la provincia mexicana. En el ámbito urbano se extendió por los barrios periféricos a lo que se conoce como el primer cuadro. Se enraizó en las zonas suburbanas 8 y rurales de la ciudad, que hasta la década de los años cincuenta todavía conservaban un fuerte sabor campirano, costumbrista y al decir de Monsiváis, su pintoresquismo “ y la existencia de personajes excéntricos y leyendas urbanas” que les daban personalidad propia.


Hasta bien entrado el medio siglo, la de México era una ciudad ordenada con un volumen demográfico manejable y, “en la cual las tradiciones se corresponden con las apetencias y con los deseos, porque no hay distancias grandes entre lo que se anhela y lo que se te enseña a vivir” 9. En ese entorno las actividades de los habitantes de los barrios suburbanos adquirían un significado y relevancia para la vida de cada comunidad. Las relaciones entre los habitantes eran muy estrechas, las familias más antiguas fueron las principales depositarias de las tradiciones, su responsabilidad con su sociedad fue mantenerlas vivas. Los integrantes de dichas familias acordaban normas y conductas para cumplir con su compromiso social.


En esas microsociedades se promovió la formación de uno o varios equipos, que además de posibilitar la práctica del deporte como una actividad lúdica, los integrantes se convertían en auténticos defensores de su identidad local en alguna liga organizada y en especial se procuraba que se enfrentaran a los equipos representativos de otros barrios vecinos. El fútbol se agregó a las actividades que conforman la identidad de los habitantes de los barrios urbanos y suburbanos de la ciudad.


En Argentina, también las organizaciones de fútbol surgen y se identifican con los barrios urbanos, por ello los equipos adquieren un valor de identidad para los habitantes, aunque en ese país los equipos estaban respaldados por un club y competían en la liga profesional desde los años treinta 10. Como contraste, en México los equipos se forman en los barrios por iniciativa de algún miembro de la comunidad por pura afición y para mantener el prestigio del barrio en alto. Asimismo, el financiamiento del equipo normalmente es por cooperación entre los integrantes e incluso, por los demás habitantes del barrio; sin duda, esto es factible porque el fútbol es uno de los deportes más baratos.


La nobleza del fútbol realmente exige de quien lo practica y se compromete con él, solamente fidelidad y entrega; por ello Valdano dice que “es un juego primitivo y de alguna manera rechaza la riqueza y la enseñanza formal” 11. Él como muchos, está convencido de que los grandes jugadores del fútbol nacen con el alma libre y el espíritu de aventurarse hasta la genialidad y que el barrio es el medio propicio para el desahogo de una “pasión desorganizada” muy ajena al progreso a la esclavitud urbana.


El acceso fácil al deporte, la libertad de expresión corporal y la malicia, adquirida por los habitantes del barrio desde edades tempranas, gambeteando las carencias económicas familiares y las dificultades que se presentan en la calle, han sido el caldo de cultivo para el surgimiento de los jugadores; por ello y en tono de franco desprecio, entre los sectores medios con ansias de universalidad modernista, se le califica de deporte de panaderos, como el panbol.


Los barrios suburbanos de la ciudad de México, que en su mayoría son de origen indígena y fueron catequizados por los franciscanos, son el crisol de la síntesis cultural de nuestro país, las costumbres locales rigen aún la vida y los ritos de la población de más edad, y en no pocos casos, se han convertido en manifestaciones de folclore para consumo de las clases medias modernas. En estos barrios todavía tiene un significado especial la pertenencia al equipo local y la participación, como en una guerra florida sin prisioneros para el sacrificio, en los encuentros contra los equipos de otros barrios o en las festividades.


En esas localidades se acostumbraba pegar carteles en cada esquina del barrio, así como en las de los barrios circunvecinos, para anunciar las celebraciones en honor del santo patrón o bien las de carácter patrio; se indicaban los festejos, las ceremonias religiosas, kermesses, bailes, peleas de gallos, y presentaciones de grupos artísticos, a las que se agregaron torneos de fútbol entre los equipos locales y conjuntos invitados. El domingo, al finalizar los encuentros, los integrantes de los equipos invitados junto con los locales, departían en la fiesta. Así, entre mole y barbacoa, acompañados de algunas cervezas o pulque, según el gusto, se completaba el ritual festivo.


Durante el año, los domingos transcurren con languidez en los barrios de las orillas de la ciudad y en algunos céntricos; aun es posible apreciar cómo, los integrantes del equipo de la cuadra o del barrio, todavía enfundados en sus descoloridos uniformes y cubiertos de una pátina polvosa de los torcidos zapatos a la cabeza, conviven y recrean las jugadas del partido que recién terminó. Los comentarios suelen ser en relación con las jugadas más destacadas, los acontecimientos chuscos o enojosos del partido, o bien sobre algún gol que resultó extraordinario. No es extraño que esa reunión se alargue durante buena parte del día y que poco a poco se incorporen temas más relacionados con la vida y los hechos diarios. Esas reuniones suelen convertirse en una más de las maneras de los integrantes de una comunidad para mantener los vínculos que los unen, cada vez más vigorosos.

2. Juego, luego existo

Para cada individuo las confrontaciones deportivas y destacar en el equipo local constituía una búsqueda del reconocimiento de su comunidad; ello, desde luego, les permitía acumular una serie de experiencias compartidas que habrían de ser un apoyo social y psicológico, a lo largo de su existencia, porque como dice Albert Camus “La memoria de los pobres esta menos alimentada que la de los ricos, tienen menos puntos de referencia en el espacio puesto que rara vez dejan el lugar donde viven y también menos puntos de referencia en el tiempo de una vida uniforme y gris. Tienen (...) la memoria del corazón, que es la más segura dicen, pero el corazón se gasta con la pena y el trabajo...” 12.


Por lo antes señalado, el fútbol se convierte en uno más de los elementos que reafirman la pertenencia de los sujetos a una comunidad, que fortalecen su identidad. Participar en el equipo local ofrece la oportunidad de que cada uno de los integrantes pueda gozar de la admiración de los demás habitantes del barrio o pueblo. Los más destacados del equipo se tornan personajes. Esto es de especial relevancia porque en la mayoría de los casos, se convierte en una forma de que el individuo objeto de dicho reconocimiento fortalezca su autoestima y se sienta más integrado a su entorno social


En nuestros días la necesidad de pertenencia de las personas persiste aún, enclavada en lo más profundo de los barrios de nuestra caprichosa ciudad. El barrio vigoriza a los individuos que lo habitan, los cobija y les da una razón de ser. En general, se ha detectado que “los mexicanos somos personas muy necesitadas de reconocimiento social, de interacción social. No solamente nos conformamos con tener una buena relación de familia, sino para la gente, sobre todo de niveles económicos más bajos, son muy importantes las relaciones con el barrio, con los vecinos, con los compadres, con el grupo de pertenencia” 13.


Entre los jugadores del llano además de la amistad y el afecto, se genera una intensa identificación; por ello muchas veces en el juego no requieren hablar, su comunicación es totalmente intuitiva y el entendimiento surge del conocimiento recíproco. Es como un yo colectivo con fuerza y poder. Por ello la participación en el juego aumenta la identificación entre los jugadores y es un ejercicio de la libertad de convivir con sus amigos. Así, el equipo de fútbol “ es una familia en donde se disfruta y padece la cotidianidad. Los compañeros se van descifrando, surgen complicidades espontáneas o forzadas, las alegrías y tristezas se encargan de formar el carácter...” 14


Estar en la cancha en el juego ofrece la oportunidad a los equiperos de ser creativos y poner su imaginación al servicio de sus compañeros. El tiempo de juego es un tiempo propio y la posibilidad de lucir las mejores artes futboleras. La pasión vigoriza las reacciones y afina los sentidos, los compañeros se intuyen para realizar las jugadas, sienten hacia dónde deben desplazarse para recibir el balón, conviven en un espacio único, porque “los juegos crean un paréntesis que por un lado, sirve para aislar del tiempo real y por otro, para recrearlo en el interior del paréntesis con distintas modalidades” 15.


Ese paréntesis es la realidad que el jugador hace suya y comparte con sus compañeros; es el espacio de confrontación con sus rivales, en el cual se despliegan las habilidades y la astucia para generar la tensión que puede culminar en la conquista del gol. Los campeonatos son por tanto, dice Nuño, “un refuerzo lúdico para hacer que el tiempo de juego se prolongue y de esa forma, el futbolista pueda aislarse un poco más (...) para tomar un respiro que lo saque momentáneamente del mundo y lo introduzca en ese curioso mundo de tensiones rivales que vienen a ser todos los juegos” 16.

Al correr de los años las hazañas logradas son rememoradas por quienes las compartieron en su momento y las hacen vibrar nuevamente. Con ello, se renuevan los lazos y las ideas de identidad. A nadie que ha conocido un barrio de la ciudad de México le extrañará observar a un grupo de hombres sentados alrededor de una mesa, quizá bebiendo, comentar apasionadamente la jugada de fulano o aquél partido ganado con ribetes épicos, o algún pleito suscitado para dirimir pasiones.

3. El fin de la invención... el país se moderniza

Al generalizarse la modernización urbana, se intensificó la creación de zonas habitacionales y de residencias para la gente bonita. La construcción popular y de clase media fue impulsada por los organismos estatales, que construyeron grandes conjuntos de viviendas donde antes había alfalfares o maizales que matizaban de verde esmeralda al horizonte. En las décadas posteriores a la mitad del siglo, la ciudad de México devoraba kilómetros y más kilómetros de suelo, húmedo y fértil en el sur, reseco y salitroso en el vaso de Texcoco.


Multitud de nuevas colonias modernas surgieron en la Ciudad. Colonias que se fueron poblando por las clases medias deseosas de subirse al tranvía del progreso en un país que abría los ojos al espejismo del futuro. Por otra parte, las zonas suburbanas de la ciudad recibían oleadas de emigrantes en busca de su tajada de esperanza. Llegaban al centro, desde donde se irradiaba la gran promesa de un futuro pleno de abundancia y accesible para quien se lo propusiera a base de un intenso esfuerzo y de trabajo.


Al lado de la gran ciudad crecía, contrahecha y andrajosa, una nueva. La construida por nómadas provenientes de todos los rincones del país, que conservaban el orgullo de haber pertenecido a una comunidad con valores propios; empero, llegaban a una metrópoli para convertirse en ciudadanos anónimos y en fuerza de trabajo disponible, en muchas ocasiones sin condición, para la industria y los servicios; y en el peor de los casos, candidatos al lumpen.


La masificación fue el signo de los tiempos. La marea de concreto y asfalto ahogó la mayor parte del suelo de la ciudad. La Tierra derivó en suelo transitable. La especulación con los terrenos fue insaciable. El ejido suburbano y los terrenos de labranza dieron paso al asfalto, al acero y al concreto. Los antiguos espacios dedicados al cultivo de hortalizas, huertos frutales y otros productos, fueron fraccionados; en ellos se construyeron elegantes condominios horizontales y residencias para albergar a las clases medias que crecieron y se enriquecieron amparadas por las instituciones creadas por los gobiernos revolucionarios; éstos habrían de ser los escalones para el gran salto hacia el futuro.


Los barrios suburbanos de la ciudad han conservado parte de sus tradiciones y según algunos antropólogos, constituyen enclaves de un pasado vigoroso. Aún ellos no han quedado al margen de la modernidad. El fraccionamiento de las tierras de labor rompió la identidad de los habitantes con la tierra; las costumbres se cimbraron ante la embestida de una forma de producción y de consumo diferentes; de una simbología producto más de la moda, que de formas culturales genuinas. La urbanización, la música, la mercadotecnia y los medios de comunicación han impulsado cambios en esas comunidades. Los cambios en las estructuras sociales y de población, así como el intenso proceso de urbanización por los que ha transitado nuestro país en el presente siglo, posiblemente hayan modificado las condiciones en la práctica del fútbol en los barrios populares de la ciudad de México.


La urbanización ha regresado la práctica del fútbol a los clubes selectos, la enclaustró en las canchas universitarias, aunque aún la deja subsistir en las de los deportivos populares. La desaparición de los llanos de la ciudad de México ha dificultado cada vez más que el fútbol florezca por todas partes como sucedía hasta los años sesenta. El turbión modernizador arrasó con las canchas polvorientas con porterías desvencijadas en las cuales el balón rodaba a fuerza de sudor y ansias de gloria.


Como un símbolo ominoso de nuestra época, muchas de esas canchas han sido sustituidas por centros comerciales y enormes estacionamientos. A cambio, han surgido escuelas de fútbol, que atienden a los niños de las clases medias. Nada más lejos de la pasión producto de los fermentos del barrio. En estas organizaciones los técnicos imponen su disciplina, mientras que los papás y mamás (soccer mom) los fines de semana acompañan las ansias de sus hijos en la cancha y sueñan con verlos algún día, lograr lo que ellos no pudieron, estar en la pantalla televisiva a todo color enfundados en la camiseta verde.

4. Disculpe las molestias que le causa la construcción de este proyecto...

El fútbol organizado en nuestro país también ha contribuido a la conformación de la idea de lo nacional y lo mexicano. Ha tenido más relevancia de lo que generalmente se cree. No se puede afirmar tampoco que si el fútbol y su práctica no se hubiesen popularizado, la idea de lo mexicano hubiera sido distinta. Empero, sí es cierto que dicho deporte es uno más de los elementos que contribuyeron en las primeras décadas del presente siglo a reforzar un prototipo de lo mexicano.


Debe recordarse que históricamente entre el pueblo ha existido un ánimo de rechazo a lo español, como autoafirmación y repudio a los siglos de dominio ejercido por España. Esta expresión que se manifestaba en apedrear panaderías y gritar mueras los quince de septiembre, se aprecia en una forma menos violenta, en el refrán popular: “Al español puerta franca, al gachupín, pon la tranca” 17. Este dicho expresa el rencor hacia los peninsulares que el sentir popular los percibió faltos de cualidades humanas y sobrados de ambición; asimismo, no deja de presentar un cierto matiz localista.


Por otra parte, a partir de la década de los años treinta los regímenes surgidos de la Revolución promovieron por todos los medios, algunos símbolos y prototipos para fortalecer una identidad nacional. Los medios de comunicación de la época, la radio, el cine, diarios, revistas, y teatro, adoptaron al charro y a la china poblana como imágenes de la esencia mexicana, con ello sintetizaron la multiculturalidad de nuestra sociedad. En el ámbito de la cultura y la educación también se exaltó lo mexicano y se promovió la identidad de raza y cultura.

El antropólogo Pérez Montfort señala que “para legitimarse el grupo en el poder invocó constantemente a aquellas masas que participaron en el proceso revolucionario y que bajo la composición de “pueblo mexicano” incorporó tanto a sectores rurales como urbanos, cuyo anonimato empezaba a buscar (...) una definición que permitiera aclarar los elementos que forman la nación mexicana...18”


En el ámbito futbolístico también se propició una idea de identidad nacional que se opuso a lo extranjero y en especial a lo español. Ello sin duda, también fue originado por el predominio excepcional de los clubes españoles en la liga mayor. En los escritos testimoniales de don Fernando Marcos y de Horacio Casarín, se menciona la rivalidad existente entre los clubes de la colonia española en nuestro país y los que el público mexicano eligió como sus paladines en la cancha. En esos años las preferencias de los aficionados se aglutinaban en torno al Necaxa y al Atlante, equipos que representaban legítimamente al sentir popular.